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14.ene.2018 / 09:14 am

*** Esta estatuilla, que se conserva intacta en el templo, parece que a través de los siglos hubiese crecido algo, porque los trajes del Niño que tenía anteriormente, hoy le quedan pequeños y tuvieron que hacerle otros de medidas más amplias

IMG_20180114_093245La venerada imagen del Niño Jesús de Escuque posee su correspondiente historia debidamente institucionalizada, y la cual hemos venido corroborando a través de diferentes investigaciones, las mismas sustentadas tanto en la crónica de indias como en otros importantes documentos conseguidos en este fascinante y cotidiano periplo histórico. La historia en mención nos revela que la bendita imagen llegó a la Tierra de Nubes para el año de 1610 en propiedad de la familia Guánchez y Cerrada, quienes procedentes del Puerto de Gibraltar huían de los constantes ataques causados por los aborígenes quriquires y aliles; en este poblado ancestral dejaron la imagen hace ya más de cuatro centurias. Sin embargo a lo largo de los siglos varias leyendas se han entrecruzado en el acontecer de tan extraordinaria reliquia del catolicismo, estas forman parte importante de esa oralidad que se cierne en torno al dulce niño escuqueño.

 

De manos aborígenes

 

Una de ellas es la divulgada en la década de los años cincuenta del pasado siglo XX por Don José Olmos, primer cronista de la ciudad de Escuque, el mismo nos relata: “Una mañana neblinosa y fría de un día 14 de enero de 1587, una doncella indígena mira al cielo a través de su juvenil espíritu, y bajo el inmenso pórtico de libertad que es su selva, virgen todavía de mercaderes de la justicia y la dignidad, de engendradores de todos los desmanes turbulentos, en su sed insaciable de dominio y de riqueza; se encaminó a su “tuuna” (arroyuelo) a coger agua pura y cristalina para su cabaña de palmas cobijada. ¡Un objeto luminoso! Que como rayo de luz se filtra entre los voluptuosos arbustos de impenetrabilidad misteriosa y por entre los milenarios árboles, que orgullosos de sus maravillosos ramajes, sin ruborizarse contemplan perennemente la grandeza del Altísimo.

 

¡Inquieta! Profundamente sorprendida ante algo extraño que su vista le presenta, se pone de pie, pasa por sus ojos, sus vestales manos humedecidas por la pureza del agua; las desliza suavemente por sus lacios y lustrosos cabellos, y traspasa cautelosamente los límites del puente, con su ignata curiosidad en apogeo; se encamina hacia donde observa lo que su agudo fuego imaginativo no sabe explicar…!

 

Era la luz y llama que había de alimentar los corazones de esta tierra escuqueña. La luz y llama  que había de afirmar su fe y decoroso porvenir, y con sello de grandeza formar la santa causa de los pueblos venezolanos, en los altares gloriosos de nuestra bendita Patria. Era la aparición del Dulce Nombre de Jesús de Escuque”.

Encargado a un español

Al igual escudriñando en diferentes anales históricos nos topamos con este significativo relato: A mediados del siglo diecisiete al dedicar su primer templo al Dulcísimo Nombre de Jesús, los escuqueños encargaron a un caballero español, que iba en viaje para el Continente europeo, les trajese una imagen del Divino Niño.

Este consintió de buen agrado la petición, y así fue que a su regreso todos fueron emocionados a recibirlo; pero como el caballero descuidó a cumplir su misión, les confesó con mucha displicencia de haberse olvidado del asunto. Grande fue el desengaño al oír sus palabras cuando de repente, al caerse una maleta, apareció en ella la tan deseada imagen, a la maravilla y estupor de todos los presentes y del caballero mismo.

Esta estatuilla, que se conserva intacta en el templo, parece que a través de los siglos  hubiese crecido algo, porque los trajes del Niño que tenía anteriormente, hoy le quedan pequeños y tuvieron que hacerle otros de medidas más amplias.

 

El sinnúmero de milagros, que se prodigó al Santo Niño despertó la expectativa en el vecino pueblo de Mendoza, y así fue que decidieron en una oportunidad llevarlo para su templo, en la esperanza de disfrutar de su benéfica influencia. En efecto así lo hicieron, pero llegados al límite de la ciudad, no pudieron avanzar más. Hasta cuatro bueyes  fueron empleados para sacarlo, pero todo esfuerzo resultó ineficaz; tuvieron que regresar, porque el Niño Jesús no quiso abandonar a Escuque.

 

Y el Niño Jesús salía

 

Cuenta otra leyenda, en labios de nuestros abuelos: Que una señora en viaje de Betijoque a Escuque, a visitar al Niño Jesús, encontró en el camino a un niñito pequeño que le dijo: “No vaya a Escuque porque el Niño Jesús no está en la iglesia” la señora no dio mucha importancia a la información recibida y siguió caminando hasta el templo escuqueño. Grande fue su sorpresa cuando constató de veras la falta del Santo Niño en el recinto religioso. Sin demora llamó al cura informándolo del extraño hecho, quien también quedó asombrado de tan inexplicable ausencia. Fueron a buscar al Niño en todas partes, pero fue en vano. En la mañana siguiente lo encontraron de nuevo en el sitio acostumbrado en el templo.

 

Una joya patrimonial

 

Lo cierto es que allí está en su santuario, velando cada instante del quehacer de una ciudad que se ha edificado a sus pies durante más de cuatro siglos, la imagen que constituye nuestra joya más preciada, el Niño hermoso, imperecedero, convertido a lo largo de infinidad de generaciones en la principal referencia del conglomerado escuqueño. Hoy día portando la merecida designación como Patrimonio histórico, cultural y religioso de la nación venezolana. Es deber ineludible de los escuqueños y escuqueñas promover prontamente ante la Unesco su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad; tan esplendente y fehaciente historia que le sustenta, es más que suficiente.

Fuente:Diario El Tiempo/JUAN CARLOS BARRETO BALZA | CRONISTA DEL MUNICIPIO ESCUQUE